12 Mar

Enloquecidos por el Café

Capuchino, expreso, americano, pintado, demie tasse (media taza concentrada), es difícil imaginar la cantidad de café absorbida cada día por la humanidad. Quita el sueño, dicen, lo que no es siempre cierto. Para los mormones es bebida prohibida.

Muchos cristianos lo consideraron como una bebida diabólica hasta que el papa Vicente III decidió que ¡era demasiado delicioso como para dejárselo exclusivamente a los infieles! Para Talleyrand, “el café ha de ser negro como el diablo, caliente como el infierno, suave como el amor”.

Si el café es tan nocivo, existen hombres y mujeres célebres reconocidos como fanáticos. Sabemos que Voltaire consumía entre 30 y 72 tazas al día: murió a los 82 años. Un amigo hizo notar a Fontenelle, quien llegó a ser centenario, que el café era un veneno lento, a lo que el escritor contestó: “Pues se demora bastante”.

El filósofo Emmanuel Kant hizo azotar a su criado por la demora en servir un café luego de una cena. El revolucionario José Martí escribió: “El café me enardece, alegra, fuego suave sin llama, sin ardor. Aviva, acelera toda la ágil sangre de mis venas”. Entre tantos fanáticos encontramos a Madame de Pompadour (lo bebía con gran solemnidad en porcelana de Sevres y se lo traía una bella esclava nubia. La amante del rey Luis XV decía que el café, como el champán, la conservaban hermosa y de buen humor).

El rey Luis XV, a quien atribuyen más de cien amantes fuera de su mujer legítima con la que procreó catorce hijos, bebía un café oriundo de una plantación genuina instalada en los invernaderos de Versalles.

Goethe obsequió al químico Runge, su amigo, unos granos con los que el científico descubrió la cafeína. ¿50.000 tazas? Honorato de Balzac no podía escribir si faltaba la bebida caliente. Para redactar las novelas de La comedia humana bebió alrededor de cincuenta mil tazas de café bien cargado, llegó a masticar los granos. Solía recorrer la ciudad de París para encontrar el mejor producto.

Gambetta, republicano italiano, tomaba el café en jarrones de cerveza sencillamente “porque contenían más”. El famoso mug (tazón) de los gringos no es novedad. Napoleón Bonaparte se quejaba de que el café le caía mal (resulta penoso y poco poético recordar que el emperador tenía almorranas, problemas gástricos), pero dijo una vez que prefería sufrir y no dejar de experimentar el placer de saborear a sorbitos la humeante taza.

La hermosa Sissi, esposa del emperador de Austria Francisco José, era muy aficionada al sorbete de café. Mozart prefería el chocolate con leche. El extravagante médico Harvey descubrió la circulación de la sangre, legó parte de su fortuna a sus amigos para que estos, en cada aniversario de su muerte, se dieran una desenfrenada orgía cafetera.

El sacerdote Delille (1738-1813) se dejó ganar por la locura al escribir estos versos: “Esta es la bebida al poeta tan cara, ignorada de Virgilio y que Voltaire adoraba. Creo, con el genio que el despertar provoca, que estoy bebiendo el sol en cada gota”.

Si visitan París irán al Café Procopio, donde se sigue bebiendo el mejor café desde 1684. Han transcurrido 323 años, pero el café nunca pasará de moda. Los últimos descubrimientos médicos afirman que tomar siete tazas al día (sin azúcar, obviamente) reduce el riesgo de diabetes a la mitad. La encuesta se realizó con 17.000 bebedores de café.

La última palabra la tiene Juan Sebastian Bach en su cantata dedicada a la bebida en boga: “Ningún beso, ningún vino embriaga tanto como el café”.

Texto: Epicuro | epicuro@eluniverso.com